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lunes - 04 marzo 2024 - 09:28

Semana de Malvinas día 4: En primera persona


En esta cuarta entrega del especial por la Semana de Malvinas en Portal del Beagle, presentamos un relato desde nuestros propios ojos. ¿Cómo vivimos la guerra los vecinos comunes y corrientes? 

Todos los años hago un repaso de cómo se vivió la guerra de Malvinas en Río Grande y, particularmente, en mi casa. Me hace falta, lo siento necesario. Creo que tengo miedo de ir olvidándome detalles con el correr de los años. Quiero que nadie se olvide.

En aquella ocasión, la vida (y el laburo), me llevaron a trabajar justo encima de donde está el refugio antiaéreo que le tocaba a mi familia, ubicado dentro del frigorífico CAP. 

Miré por la ventana y vi la escalera. Ahí estaba, igual que hace 40 años. La puerta del mismo color, cerrada con cadena y candado. Tuve miedo de pedir que abrieran la puerta. Ya no sería lo que recuerdo, sino lo que veo. Ya no es un refugio, ahora es un simple depósito. Abrir esa puerta me significa abrir largas horas de encierro, significa hacerse un bollito abajo del pupitre y correr a casa ante el sonido de la sirena.

Acá había guerra. Se vivió. Se palpó. Se lloró. Mi papá se paraba en la puerta de su oficina y con algunos compañeros contaban los aviones que salían de la Base Aeronaval Río Grande. Y los contaban a la vuelta. Cuántas veces no coincidió el número. Cuántos quedaron allá.

Nos enteramos en la escuela. Vivíamos en una zona alejada, íbamos a una escuela rural de pocos alumnos. Mi hermana mayor siempre recuerda que nos lo contaron como una buena noticia, con alegría nos dijeron que íbamos a recuperar las islas.

La “felicidad” nos duró hasta entrar a casa y encontrarnos con mi papá con un gesto muy serio, de preocupación, aclarándonos que no había nada para festejar, pues lo que comenzaba era una guerra.

La causa Malvinas es un sentimiento arraigado en mi familia. Recordamos la guerra con mucha tristeza por los hermanos que perdimos, pero con mucho orgullo por los pibes que se enfrentaron a lo más desconocido, a lo inesperado, defendiendo la celeste y blanca, aún sin haberlo elegido.

Malvinas moviliza, es inevitable. Malvinas se vive permanentemente en esta tierra. Acá (Río Grande, Tierra del Fuego), la guerra, se vivió. Cuando digo se vivió me refiero a que cuando llegábamos a la escuela ensayábamos cómo ponernos abajo de los pupitres si sonaba una alarma, nos enseñaban a reconocer las distintas alarmas y saber qué hacer si era amarilla, naranja o roja. Correr hacia donde estuvieran nuestras familias en el caso de que la sirena comenzara a sonar. Las visitas a las casas de nuestros amiguitos estaban prohibidas, las ventanas de las casas estaban tapadas con cartones, debíamos usar la menor luz posible.

Dormíamos vestidos y calzados porque, si sonaba la alarma en el medio de la noche, no se podía perder tiempo. El barrio se llenó de uniformes, armas, tanques anfibios. La vida había cambiado.

Más allá de las marcas imborrables que te deja un conflicto bélico (es el día de hoy que escuchar un avión en vuelo rasante me paraliza el corazón), la guerra me dejó ver a mis viejos como nunca lo pensé.

Mi papa “jefe de cuadra”, personal civil, se encargaba de revisar casa por casa cuando todos corrían al refugio antiaéreo, su responsabilidad era que no quedara nadie, que las llaves de gas estén cerradas y todas las luces apagadas. Mi viejo era el último en entrar al refugio. Imaginarán que entre las sirenas y el movimiento militar, esos minutos eran interminables.

Y me dejó a mi vieja, con apenas treinta y pico, siendo la “madre” de muchos conscriptos que no sabían ni dónde estaban. En mi casa comían, tenían abrigo y contención familiar. Fue muy duro ver a mi mamá “despedir” a los pibes que sabían que se iban embarcados, sin poder adivinar si iban a volver o no.

En Río Grande, en ese entonces, apenas vivían unos miles de personas. Era un pueblo, creciendo de la mano de la 19640 (ley de promoción industrial), pero con un alma pueblerina que aún existe. La solidaridad y el acompañamiento de la comunidad con el Batallón de Infantería de Marina Nº5 (BIM 5) aún se palpa. La relación que tiene nuestra comunidad con el BIM no se vuelve a descubrir, creo yo, en ningún lugar de Argentina.

En Tierra del Fuego, los veteranos son héroes, pero lamentablemente no ocurre así en todo el país. Aún hoy hay gente que los señala, los culpa y les recrimina que la guerra fue “culpa de un milico borracho”, como si (sobre todo) los pibes hubieran elegido el conflicto armado. Es triste que no sean considerados en toda la Argentina, como lo que son, héroes nacionales.

Cada 2 de Abril algo se activa en mí y en muchos de los que vivimos en la Capital Nacional de la Vigilia por Malvinas, un título que (a pesar de ser a causa de un proyecto de un senador) se lo ha ganado el calor del pueblo que año a año la alimenta.

Cuando hablo de las Islas no hablo de una guerra, defiendo una causa. Cantar el Himno Nacional, entonar la marcha de las Malvinas al lado del mar, con ese frío que te corta la cara, con el viento que te empuja, con el alma desnuda. Ver a los veteranos y pensarlos adolescentes, solos, desabastecidos, pero llenos de coraje y fe.

Hoy miro la guerra a la distancia y solo puedo pensar en el dolor, el vacío y la tristeza que nos dejó. En cómo vivíamos en guerra al sur, pero que en el resto del país la vida seguía con normalidad.

Cuando terminó la guerra nos fuimos unos días a BsAs, cuando llegamos tomamos un taxi, el conductor preguntó de dónde éramos y mi papá le dijo que veníamos de Tierra del Fuego. Nunca me voy a olvidar… el taxista se dio vuelta y con asombro dijo “¡Ah, Tierra del Fuego, ustedes estaban en guerra allá, ¿no?!”, como si viniéramos de otro país…

Cuando decimos que Malvinas es parte de nuestra provincia, no lo decimos solo en el sentido geográfico. Definitivamente no. Malvinas es parte de mí; de la historia de mi tierra, de mi pueblo, de mi familia. Es difícil de explicar, es algo visceral.

Pasaron cuarenta años, me pasó una vida, dos hermanas, dos hijos, muchos sobrinos. Pero nada me saca de Malvinas. Nada nos saca.

María Fernanda Rossi


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